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Oct 11, 2015 Eduardo Paganini Reseñas de libros Comentarios desactivados en «Poemas peronistas» de Marcelo Padilla: relegación histórica y religación poética
Un tomito de 64 páginas y 58 poesías es la consistencia de esta publicación de Marcelo Padilla. Parece poco al sopesarlo ligeramente, pero el interior contiene —en formato comprimido (y no hablamos del mundo de la informática)— un denso territorio para ser recorrido, al mejor estilo de los itinerarios infernales. A la inversa de las tradiciones bibliográficas y editoriales, la tapa no preanuncia ni anticipa ni orienta sobre el contenido portado: solamente una vez leído el libro, queda mayor margen de maniobra lectora para interpretar la ilustración, esa extraña oveja negra con una estrella roja.
El índice y la diagramación insisten en organizar la edición en cinco partes, pero el tono de la voz y la temática sostenida y en curso poseen una energía verbal, vital, que sobrepasan ese intento de cuadrícula.
El título, de por sí provocador, tienta para que rápidamente la obra sea enmarcada y ubicada como una representante de la categoría ‘literatura y política’, pero esa sería una lamentable conclusión lineal, que —a su vez— delataría la poca asimilación del mensaje poético por parte del comentarista ocasional. Creer que Poemas peronistas de Marcelo Padilla es exclusivamente un libro de poesías dedicado a la política es participar del reduccionismo intelectual más “infradotado”, es ser cómplice de esa limitación de las mismas luces mentales que llevaron a la cárcel —durante la dictadura de Onganía— a estudiantes de ingeniería por portar un tratado de estudio que se llamaba Cuba electrolítica.
El libro de Padilla, bajo la advocación del movimiento popular peronista, plantea cuestiones políticas, pero también fundamentalmente sociales. Pero esa consideración tan afín (lo político/lo social), tan biunívocamente complementarias, se disloca y aparece también lo religioso. En el mejor y más fresco de los sentidos, el etimológico: una re–ligazón, un volver a conectarnos con ese conjunto de saberes irracionales que constituyen nuestros afectos, nuestras emociones, nuestras creencias y nuestras resignaciones o rebeldías. Y tan religioso, tan dislocadamente religioso es este volumen que queda en pie la base y la liturgia de una vieja fe, pero nueva para los no iniciados: la del dios aparte, ese otro dios que obra como uno más de los humanos en derrota a los que aquí se les canta. Ampliando el universo de discurso de este último concepto, también hay a lo largo de estos versos, a veces sentenciosos, a veces reveladores, una religación en el plano de las sustancias más terrenales: con la evocación de la iconografía que se integra en la esfera del imaginario popular peronista. Nada nuevo, si se quiere, pero en homenaje a nuestra historia, algo que desde los ’90 prácticamente no mereció espacio en los grandes enunciados ni consideraciones particulares, salvo como ingrediente aséptico y light de alguna trasnochada campaña electoral gestada por profesionales de la alocución.
Aquí aparecen, en contraste con sus antinomias, las certezas más duras y descarnadas del sujeto marginado, derrotado, muerto en vida, de esos pobladores del “mundo aparte” que Padilla navega.
Como se viene afirmando, hay un juego de dislocación, de contrastes y de liturgia. Pero en función descriptiva, o si se quiere, escenográfica: como lectores presenciamos episodios, sitios, personajes pocas veces tratados en nuestra poesía, con excepción de aquellos relatos naturalistas que rescataban abstractos tipos sociales para radiografiar la sociedad. Pero Padilla no quiere radiografiar nada, solo asume su rol de Caronte turístico para mostrar y reconstruir ese país en sí mismo, y que —parece— vive invaginado dentro del otro país. Padilla nos dice pasen y vean este “país en sí mismo” que está en “un mundo aparte”: un país que se halla en un segundo grado de relegación social, política, histórica, y con el cual él nos religa.
En varios pasajes el eje de la dislocación opera trastocando el orden de las cosas instituidas y resignadamente aceptadas. Sumamente interesante resulta su aplicación a la vieja oposición vencedores/vencidos, de tanta palabra y acción transcurridos, ya que la resemantización del par contradictorio —con mayor efecto que una demostración científica— pone en crisis esquemas de pensamiento, que a la larga, terminan funcionando como narcotizantes, y por ende falseadores de la realidad. A todos nos agrada estar del lado de los vencedores, pero en estos versos se señala que la línea divisoria suele estar en diferente sitio del que regularmente se nos insiste para hacérnoslo creer. De allí a concluir que los verdaderos vencedores son pocos, son otros y siempre los mismos, hay un breve paso interpretativo.
La infancia ocupa un importante lugar en el cosmos temático del libro. Y no es la infancia abstracta y conceptual, sino que está encarnada por niños, otros niños, el mismo poeta niño, sus viejos vecinos niños, niños del basural, de la calle; niños que nos manguean, que juegan a la pelota, que cohabitan con la siesta, niños cirujas… Pero de ese semillero deforme y oscuro, derrotado y aparentemente sin destino surge la cuota de energía creativa: “inventamos a Perón y al peronismo” —en otra operación poética propia del libro según la cual lo mínimo, lo insignificante resulta magnificado y con potencia latente—.
Y en este marco conceptual, surge la palabra ‘reíto’ como emergente de la necesidad expresiva. Y merece ser destacado el vocablo por su renovado uso, y consecuentemente, por su nuevo valor. La palabra no es ajena al vocabulario castellano, por lo tanto no estamos frente a un neologismo, tan apreciado por el lenguaje de la lírica. Pero su derivación en diminutivo provoca una ocurrencia poco frecuente y de sonido ajeno. Interesante nota de creatividad lingüística: sin inventar una nueva palabra recurre a un nuevo sonido y a un nuevo concepto: el reíto, el pequeño reo, el niño, el pibe, el pendejito. Innovación coherente con el lenguaje utilizado, sencillo, llano, claro y preciso, pero que con en esa actitud dislocada, logra ser en sus razonables plasmaciones, penetrante y abofeteador.
No hay pesimismo en el mensaje de sustancia, a pesar del descarnado mundo de marginación, olvido y derrota. Porque hay —según muestra Padilla de vez en cuando— capacidad de transformación —nunca de aceptación, ni de resignación, ni mucho menos de resiliencia, según el gusto de algunos nuevos repetidores de teorías—, esa casi nada encarnada en el muerto olvidado, en la abuela clandestina, en el niño monstruo, en los derrotados subyace una dosis enérgica y turbulenta:
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