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Fuente: Clarín- Sección: Opinión
La conjura de los necios
Autor: Carlos Marcucci [1]
Lugar: Buenos Aires
Fecha: viernes 6 de noviembre de 1987
Mientras me ponía la campera salí para dar mi habitual paseo aeróbico por Florida, caminé un par de cuadras. Un hombre hacía flores con los pies, un joven atildado tocaba un piano eléctrico desde el local de Ricordi, un conjunto del altiplano reventaba sus voces y sus instrumentos, y la exorbitante cantidad de afiches estallaba en mis ojos mientras la marea humana seguía su marcha con una letal dosis de indiferencia.
A la altura de Tucumán me encontré con el escritor y periodista Guillermo Saccomanno, quien mostraba un mal humor que solo exhiben los maridos con más de veinte años de casados, las suegras sargentonas y los contribuyentes que hacen interminables colas para pagar sus impuestos. Inmediatamente le pregunté sobre el motivo de su mufa: “¿Qué te pasa?” “Nada… o todo, a veces la vida se te viene de golpe y te torna hosco, hasta te diría resentido”. Lo Invité a “ralentar” la marcha, le pasé la mano por el hombro y probé alentarlo con la teoría de la ruleta.
“La vida, sin embargo, es un juego en el que ganamos todos los días. Sistemáticamente tirás sobre el paño de cada amanecer las fichas, y el premio es la perdurabilidad de tu cuerpo durante un nuevo día”. “No, yo no creo para nada en esa teoría, yo estoy convencido de que cada día que pasa pierdo parte de lo apostado. Fijate, hace mucho tiempo que escribo, ya he publicado cinco libros, he recibido premios, premios, la crítica me ha reconocido como un excelente narrador y, sin embargo, no logro un éxito masivo que me permita vivir de mi profesión”. “Bueno, —le dije— al menos tenés los laureles”. “Pero yo no quiero los laureles solamente —replicó él—; yo quiero ser un best seller.”
Caminamos algunos metros en silencio. Pensé en el destino, en mi propio destino, en lo que la gente llama suerte. Saccomanno retornó su discurso: “Me obsesiona la historia de un escritor norteamericano que se pasó toda la vida golpeando las puertas de las editoriales de donde era rechazado sistemáticamente, hasta que al fin murió, ignorado y en la miseria”. “Sí, conozco la historia —interrumpí—, poco después de su muerte la madre presentó su libro en una gran editorial. El libro se editó y se transformó en un éxito insospechado. El libro se llamaba… La conjura de los necios, y su autor era John Kennedy Toole”, remató Guillermo, mientras me clavaba los ojos indignado y -me preguntaba: “Cómo se enuncia ese suceso? ¿Cómo hay que llamarlo? ¿Mala suerte? ¿Yeta? ¿Incomprensión?” Traté de modular algo reparador para amortiguar la angustia de mi amigo. “La suerte, el reconocimiento, el éxito, no dependen del escritor. A veces los que deciden reconocen la genialidad de un García Márquez, pero la historia del arte es seguramente la historia de los jamás reconocidos”.
Tomé un respiro y continué: “Yo siempre quise ser García Márquez, quise conocer los resortes secrete de los que tienen éxito, y después de hablar con muchos artistas, después de haber compartido momentos de mi vida con Litto Nebbia, Jorge Navarro, Facundo Cabral, Dalmiro Sáenz, José Pablo Feinmann o Spinetta, quienes durante años hicieron un arte similar de alto valor creativo sin ser reconocidos y hoy logran éxitos que los consagran definitivamente, descubrí que los grandes no saben, no conocen el secreto de su propio éxito e ignoran cómo lograr ese destino”. Saccomanno reflexionñó: “¿Querés decir que es como si operara un personaje inconsciente que durante años emite un mensaje sin ser comprendido hasta que de pronto un grupo social lo acepta?”. Avanzábamos por los costados de los canteros cuando nos cruzamos con Sourrouille y Brodersohn. “¿Estos no serán dos incomprendidos a descubrir?”, dijo Guillermo cambiando de tono. “Bueno, no es precisamente arte lo que hacen, tal vea arte de magia”.
A esta altura le propuse a mi amigo una parada en el Florida Garden para continuar desarrollando mis ideas. Al entrar al bar cruzamos algunos saludos, continué: “Existe un proceso, a veces largo; otras veces muy largo, que hace que el éxito llegue mucho después de lo esperado, que el reconocimiento sea ajeno al deseo del artista y privativo de los otros, de un editor, de un marchand, de un director, como si se estableciera un diálogo entre un creador y el sujeto que debe comprender”. “Como si fueses el proceso de constitución de un nuevo lenguaje”. “Sí —dije satisfecho—, como si el artista aprendiese antes ese lenguaje y el que debe lanzarlo a la fama necesitara un proceso de aprendizaje o de maduración, no sé cómo llamarlo”.
Guillermo apuró su café y replicó: “Es una teoría muy piadosa, aquí te ponen la zancadilla. Me da bronca, creo que en este país las oportunidades de comprensión de ese lenguaje están cercenadas, que los que deben comprender aceptan al que ya está consagrado, van a lo seguro y no abren las puertas al nuevo. Se nos bastardea, se nos apura, se nos saca de contexto… Creo que si Woody Allen hubiera vivido en la Argentina trabajaría en Las tretas de Moria, que si Umberto Eco hubiera nacido en la Argentina, estaría enseñando semiología en alguna universidad por trescientos australes y en vez de El nombre de la rosa, hubiera escrito Rosa de lejos.
“Tenés razón —le contesté, revisando mi hipótesis— y además creo que el argentino sufre, padece el mismo destino que el artista, hace años que busca ser comprendido, entendido, interpretado por una clase dirigente que en algunos casos parece estar madurando y en pleno desarrollo, preparándose para dar un salto evolutivo que le permita comprender el texto que el pueblo le ha escrito”.
Nos despedimos y reemprendí mi aeróbica marcha. Mientras caminaba lentamente hacia ml estudio pensé que ya hace veinte años que escribo y que desde mi primer poema intrascendente, hasta mi cuento más pulido, siempre emití el mismo mensaje, un mensaje que Humberto Constantini resume en un poema cuando dice “Che mundo, cosa, gente, vida en serio, no se me rajen, tomen una copa conmigo”. Y que —como a todo argentino— a veces la vida, la cosa o la gente se me rajó. Pensé entonces, al llegar ya a mi oficina, que a este pata le vendría bien que las cosas no se le rajaran, que le cayeran alguna vez las cuarenta del mazo, que alguien le diera el Oscar a doña Cata de Flores, y a don Pedro de Neuquén. Que alguien, no sé quién, un político, un santo, un adivino o un carismático, termine de una buena vez con esta conjura de los necios que logra que un pueblo viva presintiendo que no habrá final feliz, qué no habrá quien le otorgue un premio a su sacrificada y honrosa trayectoria.
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[1]Carlos Marcucci: escritor, periodista, humorista, director en la década del ’70 de la revista Mengano, precursora del humor social y político que luego encarnaron otras publicaciones. Nacido en Rosario el 27 de marzo de 1932. Para mayor información se puede consultar: http://www.pagina12.com.ar/diario/espectaculos/6-20757-2003-05-30.html |
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