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La semana anterior habíamos compilado algunas de las memorias que el Dr. Ueltschi, ex gobernador de Mendoza, testimoniara en su libro. Como el material resulta muy interesante hemos creído oportuno continuar con una breve selección de relatos, que por un lado nos mueven a la sonrisa reflexiva mientras que por otro lado nos muestra duramente nuestras debilidades humanas.
El billete de lotería[1]
Corrían en la ciudad de Mendoza los años treinta del siglo XX. Un conocido abogado, cuarentón y farrista, que ocupaba un alto cargo administrativo, entre fiestas y lances que al parecer adornaban con frecuencia su pasar, no dejaba de comprar un billete de lotería todas las semanas.
La parte específica de la historia comienza en una fiesta celebrada en el entonces Gran Hotel “El Borbollón”, de los baños surgentes en el distrito del mismo nombre en el departamento Las Heras. Durante la cena se comió y bebió abundantemente, como de costumbre participaron las chicas invitadas, no todas de buenos antecedentes. A la hora del sueño, el abogado de nuestro cuento, con su compañera en la habitación, prefirió no dormir y durante el agitado insomnio sufrió un infarto cardíaco, quedando fulminado instantáneamente.
Algunos opinan que debe ser lindo morir en esas circunstancias. Pero por la trascendencia que adquirió el caso, regalo la lindura que el evento significó para la esposa e hijos del difunto.
A los tres días de la muerte, el lotero ambulante que atendía las compras del doctor advierte que el premio de la lotería ha caído entre sus clientes y luego de un pequeño análisis se da cuenta que el dueño es el abogado de nuestro cuento y corre a su domicilio particular a dar la novedad, tal vez con la esperanza de alguna propina. Llama a la puerta y lo atiende la viuda; pregunta por el doctor y es sacado con cajas destempladas, luego de explicarle que el doctor ha muerto. Insistidor el hombre vuelve a llamar y trata de explicar que iba para dar una buena noticia. El rostro de la señora había cambiado cuando mencionó un número premiado de lotería y escuchó la narración completa del episodio de la venta, agradeciendo la información.
Buscaron el billete del premio por toda la casa, afanosamente, sin resultado. No aparecía por ningún lado, pero la señora, ilusionada, insistía en que en alguna parte debería estar y lo va a ver nuevamente al lotero para inquirir más datos, entre ellos, el color del traje que el finado usaba el día de la compra, circunstancia que felizmente recordó el lotero, señalando que era un traje gris a pintitas lo que hizo exclamar de inmediato a la viuda: “¡Si con ese traje lo enterramos!”.
Consultó con un abogado y decidieron pedir la exhumación del cadáver. Accedió la justicia y al practicarse la medida ¡Oh sorpresa! el cadáver, ya maloliente, estaba desnudo. La viuda perdía nuevamente el número premiado. Frente a la evidencia del robo, se forma otro expediente en el que al poco andar se comprueba que no se trata de hecho único y pone en evidencia a un grupo de delincuentes que desde tiempo atrás violaba tumbas y nichos para despojar a los difuntos. El interés de la señora, lejos de amenguar, creció con el contratiempo y se empeñó a toda costa en recuperar el número. El justificado desprecio por el disoluto occiso fue sustituido por un afán vindicativo que de algún modo resarciera los agravios soportados en vida.
Tanto interés puso en su demanda, que el Comisario le dijo que si estaba dispuesta a recorrer las ventas y lugares de ropas usadas y los ropavejeros de la ciudad de Mendoza y los departamentos vecinos, en busca del traje, le proporcionaría un oficial que la acompañara. Aceptó la buena mujer y tras varias jornadas de búsqueda, dio al fin en un negocio con el traje gris de pintitas. Automáticamente hurgó los bolsillos y en uno de ellos encontró, luego de diez días, el billete premiado, que había permanecido ignorado de quienes habían traficado con la prenda.
Y la Policía encontró el hilo de la original organización delictual cuyos integrantes terminaron presos.
Y la señora cobró el número y aunque nunca perdonó ni justificó al esposo, en el fondo comprendió la aventura del difunto.
Las macetas del divorcio
Una señora cincuentona acude en consulta para contarme su desgracia conyugal y solicitar consejo. En un largo relato acerca de sus vicisitudes y quejas contra su marido, que se trata de un respetable educador, exhibe un malestar y desilusión evidentes, en la relación conyugal, que considera desgastada y a punto de agotarse.
Es así como enumera una serie de motivos que abonan su juicio y entra de lleno en el principal, que es el convencimiento de una relación extraconyugal de su marido con una mujer que no considera sea digna de él, la cual, para mayor descrédito es conocida con el apodo de “la escopeta”.
Relata algunos chismes y actitudes de su marido respecto a la infidelidad, algunos de importancia y seriedad en cuanto a la injuria que representa para ella la relación irregular de su cónyuge y concluye su pensamiento diciendo: “Pero lo que más me molesta de mi marido y no le perdono es que me roba las macetas en que cultivo mis lindas plantitas con gran esmero y se las lleva de regalo a la escopeta…”
Sin duda es una original causa de divorcio
Los honorarios son sagrados
Un abogado algo pillastre inicia demanda por daños y perjuicios por accidente de tránsito contra un ciudadano que acude, con la copia de la demanda en la mano, a mi consulta.
El actor solicita una indemnización constituida por los daños materiales, acreditados con facturas razonables, más otros rubros por indisponibilidad del vehículo durante la reparación.
De la exposición de los hechos surgía con claridad la culpa de mi cliente. Para mayor seguridad consulté el expediente policial del accidente y advertí que el gráfico del choque, elemento valiosísimo en la determinación de la culpa, liquidaba a mi cliente sin piedad.
De inmediato aconsejé buscar una transacción que nos ahorraría dinero, honorarios y tiempo, pues daba por perdido el juicio. Obtuve la autorización y antes de contestar la demanda me apersoné al abogado del actor y le propuse un arreglo.
Se mostró conforme el abogado y acordamos una rebaja del 35% del monto de la demanda.
Pasamos de inmediato a los honorarios y yo intenté trasladar esta rebaja del 35% del monto de la demanda a la liquidación de sus honorarios. El colega muy seguro de sí mismo me dijo, suelto de cuerpo: “¡No corresponde, colega! Los honorarios son sagrados…”.
El bichito
Algunos históricos de Mendoza que en algún momento llegaron a ser sus contemporáneos, atribuían al Dr. Lucio Funes una original y graciosa anécdota. El espíritu jovial y ocurrente que se le asigna a este importante médico, político, periodista, escritor e historiador de Mendoza crea la suposición de autenticidad.
Un hombre de campo fue a visitar al médico en su consultorio. Lo hacía porque, repentinamente, una erección perdurable, duradera, había afectado su miembro. El pobre hombre estaba angustiado, agobiado por el problema y así se lo hizo saber al galeno.
Este lo hizo desnudar y acostar en una camilla y procedió a una revisación escrupulosa de la zona de afectación, duramente encrespada. Hasta que descubrió, semioculto entre los órganos, un objeto o ser extraño, de escasas proporciones. Tomó una pinza quirúrgica y desprendió lo que resultó ser un insecto que estaba aferrado a la carne. El efecto fue instantáneo. Cedió aquella horrorosa inflamación e inmediatamente todo volvió a sus cauces y medidas normales y por consiguiente desaparecieron dolores y molestias que habían enloquecido al campesino.
Este, aliviado, como es de práctica preguntó: “¿Cuánto le debo, doctor?”. Funes le contestó: “¡No es nada mi amigo!”.
Como el paciente insistió en que de algún modo quería efectivizar su agradecimiento, el Dr. Funes le replicó, condescendiente: “Bueno amigo, entonces déjeme el bichito”.
Fuente: Ernesto A. Ueltschi, Remontando el olvido: Vivencias de un mendocino memorioso, Municipalidad de San Rafael, 2004.
Referencias
[1] Oído de la boca del Dr. Telio Lombardozzi y luego ratificado en general por varios pobladores viejos de la ciudad
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