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Sep 17, 2017 Federico Mare Historia, Recomendada Comentarios desactivados en La tragedia de Charlottesville y la campaña contra los monumentos confederados
La fotografía que ilustra el presente artículo fue tomada en el Stone Mountain Park, condado de DeKalb, estado de Georgia, en lo que se conoce como Deep South, el «Sur Profundo» de los Estados Unidos. Una bucólica tarde del verano de 2015, gran cantidad de familias blancas sureñas aguardan un show nocturno de luces láser al pie del memorial de Stone Mountain, en el corazón de los Apalaches meridionales. Mantas, reposeras, canastos, heladeras portátiles y otros bártulos típicos de un día de picnic manchan el verde esmeralda de la pradera. Más atrás, la lente del fotógrafo captura la presencia del tren turístico que ha traído hasta el parque al enjambre de espectadores.
El memorial de Stone Mountain rinde homenaje a los héroes de la vieja causa sudista, deidades tutelares de un panteón cívico-militar en clave revisionista, es decir, anti-Yankee, anti-unionista, anti-nordista. Pero no se trata de un monumento confederado más. Es el mayor de todo el país. Stone Mountain representa algo así como la versión sureña rebelde del Mount Rushmore. Constituye la plasmación más fatua, cursi, extravagante, de la megalomanía patriotera de Johnny Reb[i], con su regionalismo recalcitrante y propensiones xenofóbicas.
El bajorrelieve está hecho sobre un promontorio de roca adamelita, a 120 metros del suelo, y representa a los tres próceres más populares del Viejo Sur separatista: los generales Robert E. Lee y Thomas Stonewall Jackson, junto al presidente de los Estados Confederados de América Jefferson Davis, los tres a caballo. Este proyecto monumental se puso en marcha hacia 1916, pero recién concluyó en 1972, luego de varias interrupciones y reanudaciones. Diversos artistas trabajaron sucesivamente en la obra, a lo largo de varias décadas. Con sus 23 metros de alto y 48 de ancho, constituye el bajorrelieve más grande del mundo.
En la concepción, ejecución y financiación de semejante proyecto faraónico, que insumió millonadas y millonadas de dólares, trabajaron codo a codo las Hijas Unidas de la Confederación y el gobierno estadual de Georgia. Pero la injerencia y el mecenazgo del segundo Ku Klux Klan (el «imperio invisible», como le decían entonces) fue un secreto a voces desde el primer momento.
El país del Tío Sam está lleno de monumentos confederados. El de Stone Mountain es el más grande de todos, sin duda, pero de ningún modo el único. Hay cientos y cientos. Y a muchos estadounidenses no les resultan nada simpáticos, especialmente a los afroamericanos. Con justa razón, ven en ellos símbolos ultrajantes del antiguo Sur esclavista y secesionista.
Los monumentos confederados constituyen una de las expresiones más emblemáticas del mito romántico de la Lost Cause. Este mito racista –pseudohistoria revisionista al servicio de la white supremacy o «supremacía blanca»– lleva un siglo y medio envenenando la sociedad y la cultura estadounidenses (véase mi ensayo La causa perdida de la Confederación: anatomía de un mito reaccionario).
Desde los trágicos sucesos del 12 de agosto, cuando una joven que reclamaba el retiro de la estatua ecuestre del Gral. Lee en el Emancipation Park de Charlottesville (Virginia) fue asesinada, gran número de monumentos confederados han sido removidos o vandalizados a lo largo y a lo ancho de Estados Unidos, de Massachusetts a Texas, y de Florida a California. Hubo no sólo retiros de monumentos confederados dispuestos por las autoridades (retiros hechos con grúas, camiones y cuadrillas de empleados municipales), como en Demopolis, San Antonio, Lexington, Helena, Lynchburg y Kansas City; sino también acciones populares iconoclastas por fuera de la ley. Muchas esculturas, memoriales y placas conmemorativas que honran al Viejo Sur separatista sufrieron vandalizaciones de diverso grado e índole en numerosas ciudades: Atlanta, Filadelfia, Houston, Tampa, Baltimore, West Palm Beach, etc. Estatuas baleadas o derribadas con sogas, monumentos intervenidos con grafitis, esculturas cubiertas con pintura, etc.
Incluso se registró un pintoresco episodio de tarring & feathering[ii]. Fue en la localidad rural de Gold Canyon, Arizona, el 16 de agosto, cuatro jornadas después de los incidentes de Charlottesville. Una placa de piedra a la vera de la Ruta Federal 80, en homenaje a Jefferson Davis –el único presidente que tuvieron los efímeros Estados Confederados de América (1861-65)–, apareció cubierta con alquitrán y plumas, en señal de repudio y agravio.
Pero hubo también vandalizaciones de signo ideológico opuesto. Por ejemplo, el busto de Lincoln en Chicago un día amaneció quemado; y en Boston, el Memorial del Holocausto de Nueva Inglaterra, hecho con paneles de vidrio, fue dañado a piedrazos por un activista neonazi. Estamos, pues, en presencia de una guerra simbólica por los espacios públicos entre el supremacismo blanco y el movimiento de derechos civiles. Cada bando defiende sus liex de mémoire o «lugares de memoria» (al decir de Pierre Nora), a la vez que ataca los del adversario.
La mayoría de los monumentos confederados fueron levantados en los dos primeros decenios del siglo pasado, una época de fuertes tensiones raciales: endurecimiento de las leyes segregacionistas de Jim Crow, creación de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, retorno de un demócrata sureño de ideas racistas (Woodrow Wilson) a la presidencia de los EE.UU. luego de muchísimos años, refundación del Ku Klux Klan, estreno de la película El nacimiento de una nación de D. W. Griffith, etc. El año pico de este revival sudista fue 1911, cuando se cumplió el cincuentenario del inicio de la guerra de Secesión (1861).
El otro momento de auge en el proceso de monumentalización de la Lost Cause –aunque de menor magnitud– fue el centenario de la guerra civil, en el primer lustro de la década del 60. Esta época coincidió –no casualmente, por cierto– con el recrudecimiento del conflicto racial (expansión del movimiento de derechos civiles con Martin Luther King y emergencia del tercer KKK).
Existen más de 700 monumentos confederados desperdigados por todo el vasto país del Tío Sam: estatuas, obeliscos, bustos, etc. Si a estos monumentos se les suman las placas conmemorativas, la cifra se duplica con creces, alcanzando el millar y medio. No vaya a creerse que estas evocaciones a la «gesta» confederada –mayoritariamente localizadas en el Sur– son todas añejas. Algunas son relativamente nuevas, como el Monumento a los Veteranos Confederados de Arizona, en Phoenix, erigido hacia 1999.
Lo cierto es que, en reacción a la tragedia virginiana de Charlottesville, el proceso de desmonumentalización de la Lost Cause alcanzó una magnitud inusitada, una intensidad sorprendente. Se trata, sin dudas, de uno de los fenómenos culturales, sociológicos, más relevantes y llamativos de los Estados Unidos actuales.
Una acalorada polémica, muy densa en sus implicaciones ideológicas y políticas, solivianta al país de Donald Trump. La sociedad estadounidense se ha polarizado, fracturado en dos; y también sus medios de comunicación, sus historiadores e intelectuales, sus legisladores y funcionarios. La memoria, una vez más, es campo de batalla. El pasado, por enésima vez, divide aguas y deviene objeto de disputa. Dos paradigmas de la historia nacional, dos políticas de la memoria, se baten a duelo. ¿Cuál ha sido la postura del presidente? Una «equidistancia salomónica» que claramente favorece al supremacismo blanco.
El proceso de desmonumentalización comenzó en junio de 2015, al calor de la ola de indignación que desató la masacre racista de Charleston (Carolina del Sur), que dejó un saldo aterrador de nueve muertos. La circunstancia de que el asesino, el joven Dylann S. Roof, fuese un segregacionista fanático que había hecho ostentación de su identidad neoconfederada por Internet, exhibiendo fotos donde se lo veía sosteniendo con orgullo la rebel flag (la vieja bandera del Sur esclavista y secesionista), generó un gran debate en torno a la legitimidad de la presencia de dicho símbolo, y otros afines (placas conmemorativas, estatuas, obeliscos, memoriales, topónimos, etc.), en los espacios públicos.
A caballo de esta gran controversia nacional, en muchos puntos del país diversas organizaciones de derechos civiles reclamaron la remoción de la simbología y la onomástica confederadas, en el marco más amplio del movimiento Black Lives Matter, «Las Vidas Negras Importan», incoado en 2013. A corto plazo, muy pocas de estas iniciativas tuvieron éxito. Sólo en un puñado de ciudades hubo logros tangibles (en Austin por ej., donde una estatua de Jefferson Davis fue retirada del campus de la Universidad de Texas en agosto de 2015).
Pero este año, la desmonumentalización dio un gran salto adelante cuando, entre abril y mayo, las autoridades de Nueva Orleáns –en el corazón mismo del Sur Profundo– tuvieron el coraje de remover cuatro monumentos confederados en un lapso de apenas 25 días, decisión histórica que el supremacismo blanco resistió con vehemencia. A partir de allí, las remociones se hicieron más frecuentes, en un clima de creciente crispación: St. Louis, Orlando…
Y se multiplicaron notablemente tras la tragedia de Charlottesville, donde una mujer de 32 años llamada Heather Heyer, que reclamaba pacíficamente por el retiro de la estatua ecuestre del Gral. Lee del Emancipation Park,[iii] fue brutalmente asesinada por un manifestante ultraderechista, y donde cerca de cuarenta personas resultaron heridas. Sábado nefando, siniestro, cuya causa directa, ostensible, indubitable, es la vigencia del mito racista de la Lost Cause en el imaginario estadounidense; vigencia exacerbada, desde ya, por el fenómeno Trump.
¿El detonante de la tragedia? Un proyecto que planteó la remoción del antedicho monumento en la pequeña ciudad virginiana del condado de Albemarle, donde otrora viviera el prócer independentista Thomas Jefferson. Diversos grupos de extrema derecha (supremacistas blancos, neoconfederados, milicianos, bikers, neonazis, etc.) lanzaron una cruzada en defensa de la controvertida estatua. La expresión más conspicua y virulenta de esta reacción es el movimiento Unite the Right, en cuyas movilizaciones callejeras se ha desplegado todo el rancio repertorio simbólico del Ku Klux Klan: consignas patrioteras y segregacionistas, banderas rebeldes con la cruz de San Andrés estrellada, capuchas blancas, la siniestra MIOAK (la insignia de los klansmen), y hasta antorchas tiki ardiendo en la oscuridad de la noche…
Pero, ¿por qué esta disputa? ¿Cuál es el secreto de la importancia concedida a los monumentos confederados, tanto por sus valedores como por sus detractores? Nora, el historiador francés mencionado algunos párrafos más arriba, no investigó esos liex de mémoire en especial, sino los que, en su país, se hallan asociados a la Tercera República (1870-1940). No obstante, con cautela, algunas de sus ideas pueden ser extrapoladas a los memoriales y monumentos confederados.
La siguiente observación resulta particularmente pertinente y esclarecedora para el caso que aquí nos ocupa:
Los lugares de memoria nacen y viven del sentimiento de que no hay memoria espontánea, de que hay que crear archivos, mantener aniversarios, organizar celebraciones, pronunciar elogios fúnebres, labrar actas, porque esas operaciones no son naturales. Por eso la defensa por parte de las minorías de una memoria refugiada en focos privilegiados y celosamente custodiados ilumina con mayor fuerza aún la verdad de todos los lugares de memoria. Sin vigilancia conmemorativa, la historia los aniquilaría rápidamente. Son bastiones sobre los cuales afianzarse. Pero si lo que defienden no estuviera amenazado, ya no habría necesidad de construirlos.[iv]
No habría monumentos confederados como los del Gral. Lee, no habría monumentos unionistas-abolicionistas como los del presidente Lincoln, si el pasado –o mejor dicho, cierta selección e interpretación del pasado– no fuese, como es, un anclaje identitario para determinados grupos antagónicos de la sociedad que no quieren, ni pueden, compatibilizar sus autopercepciones (blancos sureños racistas, negros orgullosos de su afrodescendencia, blancos norteños liberales/radicales). Tampoco los habría si la espontaneidad de los recuerdos colectivos, fluida e inorgánica, bastase para contrarrestar completamente el olvido. He aquí, pues, a mi modo de ver, la clave del asunto.
La querella de los monumentos confederados tiene como trasfondo, como sustrato, la persistencia del racismo –y de la lucha contra el racismo– en la sociedad estadounidense. Los supremacistas blancos se aferran a dichos monumentos porque sienten que la white supremacy fue herida de muerte en los 60, mientras que los simpatizantes del Black Lives Matter bregan por la desmonumentalización porque advierten que la utopía igualitaria –jamás concretada plenamente– zozobra más que nunca con la salida de Obama (primer y único presidente afroamericano en la historia del país) y el ascenso de Trump (acaso el mandatario más reaccionario de todos los que han pisado la Casa Blanca).
Sin embargo, subsiste un interrogante. Son muchas las facetas de la sociedad y la cultura estadounidenses que, directa o indirectamente, remiten al viejo conflicto irresuelto entre blancos y negros, entre supremacistas e igualitaristas: los distintos niveles de ingreso e instrucción entre angloamericanos y afroamericanos, los prejuicios racistas (por ej., la creencia de que los negros son más propensos a cometer robos y violaciones sexuales que los blancos), los innumerables casos de violencia policial contra jóvenes afrodescendientes (golpizas, maltratos verbales y psicológicos, asesinatos), la animosidad racial de jurados y jueces en los procesos judiciales, la estratificación residencial, etc. Los monumentos confederados son una arista del problema, entre tantas otras. ¿Por qué razón, entonces, han sido aquellos, y no cualquiera de las otras iniquidades, la mecha que detonó todo?
Parafraseando a historiador del arte David Freedberg, la respuesta sería: «el poder de las imágenes». Las estatuas y otros monumentos constituyen imágenes, y como tales, no son nada inocuas. Tienen cierto poder sobre nosotros, cierta capacidad de sugestión. Nos provocan. Nos fascinan o enfurecen. Influyen en nuestra subjetividad, ya sea abiertamente en nuestro consciente, ya sea de modo sutil en nuestro inconsciente. Nos apasionan. Nos movilizan. Señala Freedberg al respecto:
Mucho se ha estudiado los grandes movimientos iconoclastas de Bizancio en los siglos VIII y IX, de la Europa de la Reforma, de la Revolución Francesa y de la Revolución Rusa. Desde los tiempos del Antiguo Testamento, gobernantes y pueblos gobernados en general han intentado desterrar las imágenes y atacado determinados cuadros y esculturas. Cualquiera puede aportar un ejemplo de alguna imagen atacada: todos sabemos cuando menos de algún período histórico durante el cual la iconoclasia era espontánea o estaba legalizada. La gente ha hecho añicos imágenes por razones políticas y por razones teológicas; ha destrozado obras que les provocaban ira o vergüenza; y lo han hecho espontáneamente o porque se les ha incitado a ello. Como es natural, los motivos de tales actos se han estudiado y continúan discutiéndose interminablemente; pero en todos los casos hemos de aceptar que es la imagen –en mayor o menor grado– la que lleva al iconoclasta a tales niveles de ira. Esto cuando menos podemos asentar como indiscutible, por más que sepamos que la imagen es un símbolo de otra cosa y que es esta cosa la que se ataca, rompe, arranca o destroza.[v]
Aunque los monumentos confederados sean “un símbolo de otra cosa”, y que, en definitiva, es esa “otra cosa” (el Viejo Sur esclavista y secesionista, el segregacionismo de las leyes de Jim Crow, la cultura racista actual) “la que se ataca” y defiende, la que se quiere remover o vandalizar en señal de rechazo, o bien, preservar o reparar en señal de identificación, lo cierto es que no deja de haber cierto trasfondo de fetichismo en tales prácticas anicónicas e icónicas, por muy subterráneo e imperceptible que sea ese trasfondo. De todo el abanico de opciones susceptibles de generar una reacción en cadena –en contra y a favor–, han sido las estatuas, los obeliscos, las placas conmemorativas, los memoriales, etc., los que han concentrado mayor atención de ambos bandos.
El regodeo y la saña de los desmonumentalizadores es por demás sintomática, sugerente, igual que lo es la vehemencia de sus oponentes. Estos últimos, por caso, han llegado a la violencia terrorista y el asesinato para demostrar su apego sentimental por la estatua ecuestre del Gral. Lee en Charlottesville… Nada casual hay en ello. Es evidente que los monumentos confederados, en tanto íconos, resultan particularmente irritantes y ofensivos para unos, y seductores y admirables para otros.
Las imágenes son cosa seria, aunque los intelectuales solamos subestimarlas debido a nuestra deformación profesional (predominio excesivo de las palabras). ¿Cuántas rebeliones y revoluciones del siglo XX hubiesen quedado grabadas a fuego en nuestra memoria sin la ayuda de fotografías o filmaciones de incidentes iconoclastas, o de muestras exultantes de iconismo popular como la exhibición de banderas? Ninguna, o muy pocas.
Entre las muchas ciudades norteamericanas que, durante estas últimas semanas, retiraron monumentos confederados de sus espacios públicos, están Los Ángeles, San Diego, Gainesville, Baltimore y Annapolis. En otras urbes, como la propia Charlottesville, los proyectos de remoción aún no se han concretado, ora porque el proceso deliberativo sigue en curso, ora porque acciones judiciales los han dejado en suspenso. Pero es muy probable que a corto plazo varios de ellos se efectivicen. Por otra parte, no olvidemos que en muchos lugares se registraron acciones directas de tipo «vandálico», por fuera del orden legal, como en Indianápolis y Winston-Salem.
Todo indica que la ola de desmonumentalización no ha concluido todavía, y que seguirá dando que hablar. No hay de qué extrañarse: los lugares de memoria están saturados de ideología, y por ende, de política. Cuando el consenso se diluye, cuando el conflicto social se agudiza y sale con ímpetu a la superficie, como está sucediendo hoy en el país del reaccionario Trump, ¿cómo pretender que los monumentos confederados permanezcan al margen? Menos aún si, en tanto monumentos, ejercen ese influjo irresistible de amor-odio que Freedberg llamó, con quirúrgica precisión semántica, the power of the images, el poder de las imágenes.
[i] Personaje imaginario que simboliza al Sur estadounidense en general, y a los antiguos Estados Confederados de América (1861-65) en particular. Se lo representa con chaqueta, pantalones y gorra de color gris –el uniforme que usaban los soldados sudistas–, y a menudo, sosteniendo un arma o la rebel flag. Su contraparte simétrica es Billy Yank, prosopopeya o personificación del Norte.
[ii] El tarring & feathering es una tradición de castigo popular, no oficial, típica de los países anglosajones, actualmente en desuso. Se lo practicaba con quienes transgredían los valores morales de la plebe: criminales, usureros, comerciantes especuladores, terratenientes abusivos, empresarios explotadores, rompehuelgas, adversarios políticos, funcionarios impopulares, policías o militares represores, recaudadores de impuestos, etc. Las víctimas eran inmovilizadas y desnudadas, rociadas con alquitrán de pino caliente y luego cubiertas con plumas, a modo de represalia y escarmiento, de humillación y escarnio públicos. Los orígenes de esta punición popular se remontan a la Inglaterra medieval. Fue muy utilizada por los rebeldes norteamericanos durante la revolución y guerra de Independencia, y también por los pioneros del Far West en el siglo XIX. Durante la centuria pasada fue perdiendo vigencia, hasta su virtual extinción.
[iii] El monumento retrata al mítico general sudista montando a Traveller, su corcel más famoso. La escultura está hecha en bronce, y fue instalada en 1924, en pleno auge de la Lost Cause y del segundo Ku Klux Klan, cuando todo el Sur se llenó de monumentos confederados. Su autor es el artista plástico Henry Shrady, célebre por su estatua ecuestre del Gral. Grant frente al Capitolio, en Washington DC. Shrady murió prematuramente, y la obra debió ser concluida por otro escultor, el italiano Leo Lentelli.
[iv] Nora, Pierre, Pierre Nora en Les liex de mémoire. Santiago de Chile, Trilce, 2009, pp. 24-25.
[v] Freedberg, David, El poder de las imágenes: estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta. Madrid, Cátedra, 1992, p. 29.
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